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En el silencio profundo del claustro , al que no llegaban los ruidos de la calle , el compañero Luna creyó oír , lejano , muy lejano , el chillón sonido de las cornetas , y después un sordo redoble de tambores . Entonces se acordó del Alcázar de Toledo , que parece dominar desde su altura a la catedral , intimándola con la pesada mole de sus torres . Eran las cornetas de la Academia Militar . A Gabriel le hicieron daño estos sonidos . Había perdido de vista el mundo , y cuando se creía lejos , muy lejos de él , sentía su presencia , un poco más allá de los tejados del templo . II Desde los tiempos del segundo cardenal de Borbón , era el señor Esteban Luna jardinero de la catedral , por derecho que parecía vinculado en su familia . ¿ Cuál fue el primer Luna que entró al servicio de la Santa Iglesia Primada ? El jardinero , al hacerse esta pregunta , sonreía satisfecho , y sus ojos miraban a lo infinito , como queriendo abarcar la inmensidad del tiempo . Los Luna eran tan antiguos como los cimientos de la iglesia . Habían ido naciendo las diversas generaciones en los aposentos del claustro alto , y cuando el ilustre Cisneros aún no había construido las Claverías , los Luna vivían en las casas inmediatas , como si no pudiesen existir fuera de la sombra de la Primada . A nadie pertenecía la catedral con mejor derecho que a ellos . Pasaban los canónigos , los beneficiados y los arzobispos ; ganaban la plaza , morían , y otro al puesto ; era un desfile de caras nuevas , de señores que venían de todos los rincones de España a sentarse en el coro para morir años después , dejando la vacante a otros advenedizos ; y los Luna siempre en su puesto , como si la antigua familia fuese una pilastra más de las muchas que sostienen el templo . Podría ser que el arzobispo que un día se llamaba don Bernardo , se llamase al año siguiente don Gaspar y al otro don Fernando ; lo imposible e inverosímil era que la catedral pudiese existir sin tener algún Luna en el jardín , en la sacristía o en el crucero , acostumbrada durante tantos siglos a sus servicios . El jardinero hablaba con orgullo de su estirpe : de su noble y desgraciado pariente el condestable don Álvaro enterrado como un rey en su capilla detrás del altar mayor ; del papa Benedicto XIII , altivo y tozudo como todos los de la familia ; de don Pedro de Luna , V de su nombre en la silla arzobispal de Toledo , y de otros parientes no menos ilustres . — Todos somos del mismo tronco — decía con orgullo — . Todos vinimos a la conquista de Toledo con el buen rey Alfonso VI . Sólo que unos Luna le tomaron gusto a matar moros , y fueron señores y conquistaron castillos , y otros , mis abuelos , quedaron al servicio de la catedral , como fervorosos cristianos que eran .
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