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Desapareció por la escalera abajo aquel hombre feísimo , de semblante extraño , por tener los ojos tan poco separados que parecían juntarse y ser uno solo cuando fijamente miraban . La nariz le salía de la frente , y después bajaba chafada y recta , esparranclando sus dos ventanillas en el nacimiento del labio superior , dilatado , tirante y tan extenso en todas direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro . La boca era larga , terminada en dos arrugas que dividían la barba en tres compartimientos flácidos , de pelambre ralo y gris ; la frente estrecha , las manos enormes y velludas , el cogote recio , el cuerpo corto , inclinado hacia adelante , como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado á cuatro pies . Al descender la escalera , parecía que la bajaba con las manos , agarrándose al barandal . Con esta filiación de gorilla , Mendizábal era un buen hombre , sin más tacha que su furiosa inquina contra el libre pensamiento . Había sido traficante en piedras de chispa durante la primera guerra civil , espía faccioso y cocinero del padre Cirilo . « ¡ Ah ! — mil veces lo decía él , — ¡ si yo escribiera mi historia ! » Último detalle biográfico : le compuso una rueda á la célebre tartana de San Carlos de la Rápita . X Poco después de anochecido , al subir á su casa , Cadalsito sintió pasos detrás de sí ; pero no volvió la cara . Mas cuando faltaban pocos escalones para llegar al piso segando , manos desconocidas le cogieron la cabeza y se la apretaron , no dejándole mirar hacia atrás . Tuvo miedo , creyéndose en poder de algún ladrón barbudo y feo , que iba á robar la casa y empezaba por asegurarle á él . Pero antes que tuviera tiempo de chillar , el intruso le levantó en peso y le besó . Luis pudo verle entonces la cara , y al reconocerle , su intranquilidad no disminuyó . Había visto aquella cara por última vez algún tiempo antes , sin poder apreciar cuándo , en una noche de escándalo y reyerta , en la cual todos chillaban en su casa , Abelarda caía con una pataleta , y la abuelita gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos . La dramática escena doméstica había dejado indeleble impresión en Luis , que ignoraba por qué se habían puesto sus tías y abuela tan furiosas . En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba , y no vivía la familia en la calle de Quiñones . Recordó también que las iras de las Miaus recaían sobre una persona que entonces desapareció de la casa , para no volver á ella hasta la ocasión que ahora se refiere . Aquel hombre era su padre . No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre ; de mal humor dijo : « Suéltame » . Y el sujeto aquél llamó . Cuando doña Pura , al abrir la puerta , vió al que llamaba , acompañado de su hijo , quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos . La sorpresa y el terror se pintaban en su semblante . . . después contrariedad . Por fin murmuró : « ¿ Víctor . . . tú ? »
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