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— Abelarda — insinuó él melosamente , después de un rato de estar solos con el pequeño . — Yo bien sé que á ti no necesito repetirte lo que he manifestado á tus padres . Tú me conoces algo , me comprendes algo ; tú sabes que míentras yo tenga un mendrugo de pan , vosotros no habéis de carecer de sustento ; poro á tus padres he de decírselo y aun probárselo para que lo crean . Tienen muy triste idea de mí . Verdad que no se pierde en dos días una mala reputación . ¿ Y cómo no había de brindar á ustedes ayuda , á no ser un monstruo ? Si no lo hiciera por los mayores , tendría que hacerlo por mi hijo , criado en esta casa , por este ángel , que más os quiere á vosotros que á mí . . . y con muchísima razón . Abelarda acariciaba á Luis , tratando de ocultar las lágrimas que se le agolpaban á los ojos , y el pequeñuelo , viéndose tan besuqueado y oyendo aquellas cosas que papá decía y que le sonaban á sermón ó parrafada de libro religioso , se enterneció tanto , que rompió á llorar como una Magdalena . Ambos se esforzaron en distraer su espíritu , riendo , diciéndole chuscadas festivas ó inventando cuentos . Por la tarde , el muchacho pidió sus libros , lo que admiró á todos , pues no comprendían que quien tan poco estudiaba estando bueno , quisiese hacerlo hallándose encamado . Tanto se impacientó él , que le dieron la Gramática y la Aritmética , y las hojeaba , cavilando así : « Ahora no , porque se me va la vista ; pero en cuanto yo pueda , ¡ contro ! me lo aprendo enterito . . . y veremos entonces . . . ¡ veremos ! » XVIII La mísera Abelarda andaba tan desmejoradilla , que su madre y su tía la creyeron enferma y hablaron de llamar al médico . No obstante , continuaba haciendo la vida ordinaria , trabajando , durante muchas horas del día , en transformaciones y arreglos de vestidos . Usaba un maniquí de mimbres , trashumante del gabinete al comedor , y que al anochecer parecía una persona , la cuarta Miau , ó el espectro de alguno de la familia que venía del otro mundo á visitar á su progenie . Sobre aquel molde probaba la insignificante sus cortes y hechuras , que eran bastante graciosas . Á la sazón traía entre manos un vestido con retazos de cachemir que prestaron ya dos servicios y había sido vuelto del revés y lo de arriba abajo . Se les añadía , para combinar , una telucha de á peseta . Semejantes componendas eran familiares á Pura , y si una tela no podía lavarse ni volverse , la mandaba al tinte , y . . . como acabada de estrenar . Con tal sistema , hubo vestido que salió por veinticuatro reales . Pero en lo que Abelarda lucía sorprendentes facultades era en la metamorfosis de sombreros . La capota de doña Pura había pasado por una serie de vidas diferentes , que al modo de encarnaciones la hacían siempre nueva y siempre vieja . Para invierno , forrábanla de terciopelo , y para verano la cubrían con el encaje de una visita desechada : las flores ó prendidos eran regalo de las vecinas del principal . La martirizada armadura del sombrero de Abelarda había tomado ya , durante la época de la cesantía , formas y estilos diferentes , según las pragmáticas de la moda , y con este exquisito arte de disimular la indigencia , salían las Villaamil á la calle hechas unos brazos de mar .
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