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IV La conciencia del guerrero de amor arrojaba de sí , como se ha visto , esplendores de astro incandescente ; pero también dejaba ver en ocasiones arideces horribles de astro apagado y muerto . Era que al sentido moral del buen caballero le faltaba una pieza importante , cual órgano que ha sufrido una mutilación y solo funciona con limitaciones o paradas deplorables . Era que D . Lope , por añejo dogma de su caballería sedentaria , no admitía crimen ni falta ni responsabilidad en cuestiones de faldas . Fuera del caso de cortejar a la dama , esposa o manceba de un amigo íntimo , en amor todo lo tenía por lícito . Los hombres como él , hijitos mimados de Adán , habían recibido del Cielo una tácita bula que les dispensaba de toda moral , antes policía del vulgo que ley de caballeros . Su conciencia , tan sensible en otros puntos , en aquel era más dura y más muerta que un guijarro , con la diferencia de que este , herido por la llanta de una carreta , suele despedir alguna chispa , y la conciencia de D . Lope , en casos de amor , aunque la machacaran las herraduras del caballo de Santiago , no echaba lumbres . Profesaba los principios más erróneos y disolventes , y los reforzaba con apreciaciones históricas , en las cuales lo ingenioso no quitaba lo sacrílego . Sostenía que en las relaciones de hombre y mujer no hay más ley que la anarquía , si la anarquía es ley ; que el soberano amor no debe sujetarse más que a su propio canon intrínseco , y que las limitaciones externas de su soberanía no sirven más que para desmedrar la raza , para empobrecer el caudal sanguíneo de la humanidad . Decía , no sin gracia , que los artículos del Decálogo que tratan de toda la pecata minuta , fueron un pegote añadido por Moisés a la obra de Dios , obedeciendo a razones puramente políticas ; que estas razones de estado continuaron influyendo en las edades sucesivas , haciendo necesaria la policía de las pasiones ; pero que con el curso de la civilización perdieron su fuerza lógica , y solo a la rutina y a la pereza humanas se debe que aún subsistan los efectos después de haber desaparecido las causas . La derogación de aquellos trasnochados artículos se impone , y los legisladores deben poner la mano en ella sin andarse en chiquitas . Bien demuestra esta necesidad la sociedad misma , derogando de hecho lo que sus directores se empeñan en conservar contra el empuje de las costumbres y las realidades del vivir . ¡ Ah ! si el buenazo de Moisés levantara la cabeza , él y no otro corregiría su obra , reconociendo que hay tiempos de tiempos . Inútil parece advertir que cuantos conocían a Garrido , incluso el que esto escribe , abominaban y abominan de tales ideas , deplorando con toda el alma que la conducta del insensato caballero fuese una fiel aplicación de sus perversas doctrinas . Debe añadirse que a cuantos estimamos en lo que valen los grandes principios sobre que se asienta etcétera , etcétera . . . se nos ponen los pelos de punta solo de pensar cómo andaría la máquina social si a sus esclarecidos manipulantes les diese la ventolera de apadrinar los disparates de D . Lope , y derogaran los articulitos o mandamientos cuya inutilidad este de palabra y obra proclamaba . Si no hubiera infierno , solo para D . Lope habría que crear uno , a fin de que en él eternamente purgase sus burlas de la moral , y sirviese de perenne escarmiento a los muchos que , sin declararse sectarios suyos , vienen a serlo de hecho en toda la redondez de esta tierra pecadora .
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