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Dentro de cada célula de nuestro cuerpo late un reloj . No un reloj mecánico con engranajes y manecillas , sino un oscilador molecular compuesto por bucles de retroalimentación genética que marcan el paso del tiempo con una precisión asombrosa . Este reloj interno , calibrado por millones de años de evolución bajo la alternancia del día y la noche , gobierna prácticamente todos los aspectos de nuestra fisiología : desde los ciclos de sueño y vigilia hasta la secreción hormonal , desde la temperatura corporal hasta la susceptibilidad a las enfermedades , desde el rendimiento cognitivo hasta la respuesta inmunológica . La ciencia que estudia estos ritmos biológicos se denomina cronobiología , y sus descubrimientos están revolucionando nuestra comprensión de la salud , la enfermedad y la naturaleza misma de la vida . El premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2017 , otorgado a Jeffrey Hall , Michael Rosbash y Michael Young , reconoció sus trabajos pioneros sobre los mecanismos moleculares que controlan los ritmos circadianos . Estos investigadores , trabajando con la mosca de la fruta Drosophila melanogaster , identificaron los genes y las proteínas que constituyen la relojería molecular del ritmo circadiano . El mecanismo central consiste en un bucle de retroalimentación negativa : los genes clock y bmal1 producen proteínas que activan la transcripción de los genes period y cryptochrome ; las proteínas PER y CRY , a su vez , se acumulan gradualmente en el citoplasma , forman complejos y regresan al núcleo celular , donde inhiben la actividad de CLOCK y BMAL1 , silenciando así su propia producción . Este ciclo de activación e inhibición tarda aproximadamente 24 horas en completarse , y genera una oscilación autosostenida que persiste incluso en ausencia total de señales externas . Lo verdaderamente extraordinario no es que todos los seres vivos compartan un mismo reloj , sino que casi todos tengan uno . La capacidad de anticipar la alternancia de luz y oscuridad aparece en cianobacterias , hongos , plantas y animales ; los engranajes moleculares , en cambio , no son los mismos en todos ellos . El reloj de las cianobacterias se construye sobre un puñado de proteínas que se fosforilan y se desfosforilan a lo largo del día , un principio muy distinto del bucle de transcripción y traducción que gobierna el reloj de los animales . La conclusión es reveladora : medir el tiempo confiere una ventaja adaptativa tan considerable que la evolución ha inventado el reloj más de una vez , en linajes independientes y con materiales distintos . En los mamíferos , el reloj maestro reside en el núcleo supraquiasmático , un diminuto conglomerado de aproximadamente veinte mil neuronas situado en el hipotálamo , justo encima del quiasma óptico . Esta ubicación anatómica no es casual : el núcleo supraquiasmático recibe información directa sobre la luz ambiental a través de un tipo especializado de células ganglionares retinianas que contienen melanopsina , un fotopigmento sensible a la luz azul . Esta vía retinohipotalámica permite que la luz ambiental sincronice el reloj biológico con el ciclo astronómico de día y noche , un proceso denominado fotoarrastre . Sin embargo , el núcleo supraquiasmático no se limita a responder pasivamente a la luz ; genera activamente señales rítmicas que coordinan los relojes periféricos presentes en prácticamente todos los tejidos del organismo , desde el hígado hasta los riñones , desde los pulmones hasta la piel .
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