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A los hermanos de Efraín He aquí , caros amigos míos , la historia de la adolescencia de aquél a quien tanto amasteis y que ya no existe . Mucho tiempo os he hecho esperar estas páginas . Después de escritas me han parecido pálidas e indignas de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi afecto . Vosotros no ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible , al poner en mis manos el libro de sus recuerdos : « Lo que ahí falta tú lo sabes ; podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado » . ¡ Dulce y triste misión ! Leedlas , pues , y si suspendéis la lectura para llorar , ese llanto me probará que la he cumplido fielmente . Capítulo I Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras , establecido en Bogotá hacía pocos años , y famoso en toda la República por aquel tiempo . En la noche víspera de mi viaje , después de la velada , entró a mi cuarto una de mis hermanas , y sin decirme una sola palabra cariñosa , porque los sollozos le embargaban la voz , cortó de mi cabeza unos cabellos : cuando salió , habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas . Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después . Esos cabellos quitados a una cabeza infantil ; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida , hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había pasado , sin comprenderlo , las horas más felices de mi existencia . A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza , humedecida por tantas lágrimas , los brazos de mi madre . Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos . María esperó humildemente su turno , y balbuciendo su despedida , juntó su mejilla sonrosada a la mía , helada por la primera sensación de dolor . Pocos momentos después seguí a mi padre , que ocultaba el rostro a mis miradas . Las pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos . El rumor del Sabaletas , cuyas vegas quedaban a nuestra derecha , se aminoraba por instantes . Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda en las que solían divisarse desde la casa viajeros deseados ; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos : María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre .
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