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Don Félix empezó a perderse . Ya no sabía dónde estaba . Recorría otras calles y otra ciudad . Vio unas torres que se arrancaban del suelo y empezaban a caminar . Al moverse , sus campanas tocaban a muerto . Alrededor bailaban cien fantasmas con pasos torpes . Los fantasmas lo saludaban . Y en el sonido de las campanas , don Félix oía su propio nombre . Pero luego el ruido paró . De pronto la ciudad desapareció . Don Félix estaba en un desierto de arena , sin luz , sin aire y sin cielo . Una fuerza extraña lo empujaba hacia delante , y no podía parar . Delante de él iba su guía blanca , siempre en silencio . De pronto subió en el aire sobre las alas de la tormenta . Su frente brillaba entre los rayos . Don Félix no sabía qué pensar . ¿ Estaba dormido ? ¿ Soñaba ? ¿ Estaba loco ? ¿ Era verdad todo aquello ? Y de repente estaba otra vez en Salamanca . Otra vez le echó la culpa al vino , y siguieron andando . Ella iba delante , y él detrás . « ¡ Por Dios ! » , se dijo . « O Satanás se ríe de mí , o el vino de Málaga todavía me sube a la cabeza . Sombras , fantasmas , torres que bailan . . . Voy a perder el juicio . Hasta he visto estas torres andar con sus campanas , como mulas con cascabeles . ¿ Y quién será esta mujer ? Si es el diablo en persona , ¿ a mí qué me importa ? » . Luego habló otra vez a la dama : « Noble señora , andar así es una locura . O ha perdido el camino , o esto es andar por andar » . La dama no contestó . « Ha decidido no contestarme » , pensó don Félix . « Es la locura más rara en una mujer . Y por eso mismo la voy a querer » . XII . El entierro Don Félix seguía a la dama a ciegas , sin ver el camino . La noche era cada vez más negra . El viento gritaba con más fuerza , y se oía un ruido de cadenas . Las campanas daban golpes lentos en las torres . Entonces don Félix oyó un ruido de pasos . Era mucha gente que venía despacio y rezaba . Luego vio a lo lejos cien luces . Eran largas filas de personas vestidas de negro . En medio llevaban un ataúd sobre los hombros . En el ataúd había dos cuerpos muertos . Hay que tener un alma de piedra para no sentir miedo . Pero don Félix no pensaba en Dios ni en el diablo . El entierro llegó despacio . La dama blanca se puso de rodillas para rezar . Don Félix se quedó de pie con el sombrero puesto . Con su aire insolente , preguntó los nombres de los muertos . ¡ Pero qué sorpresa tan grande y qué horror ! Uno de los muertos era don Diego de Pastrana . Y el otro . . . ¡ Dios santo ! El otro era él mismo , con su propia cara . Era don Félix de Montemar . Don Félix dudó y se tocó el cuerpo con las manos . Durante un momento sintió un miedo frío , porque al fin era un hombre . Pero pronto volvió el orgullo a su corazón . « Para Pastrana , este entierro está muy bien pensado » , dijo . « Pero enterrarme a mí es inútil . Mañana me voy a quejar de este error . Diga , señor de negro , ¿ a quién llevan a enterrar ? » .
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