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— ¡ Fuera de aquí todo el mundo ! ( gritó D . Eugenio , echando espumarajos de rabia ) . — ¡ Garduña ! ¡ Garduña ! ¡ Ven y prende a estos viles que me están faltando al respeto ! ¡ Todos a la cárcel ! ¡ Todos a la horca ! Garduña no parecía por ningún lado . — Además , señor . . . ( continuó Doña Mercedes , cambiando de tono y dignándose ya mirar a su marido y tratarle como a tal , temerosa de que las chanzas llegaran a irremediables extremos ) . Supongamos que V . es mi esposo . . . . Supongamos que V . es D . Eugenio de Zúñiga y Ponce de León . . . . — ¡ Lo soy ! — Supongamos , además , que me cupiese alguna culpa en haber tomado por V . al hombre que penetró en mi alcoba vestido de Corregidor . . . . — ¡ Infames ! — gritó el viejo , echando mano a la espada , y encontrándose sólo con el sitio o sea con la faja de molinero murciano . La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantilla para ocultar las llamaradas de sus celos . — Supongamos todo lo que V . quiera . . . ( continuó Doña Mercedes con una impasibilidad inexplicable ) . Pero dígame V . ahora , señor mío : ¿ Tendría derecho a quejarse ? ¿ Podría V . acusarme como fiscal ? ¿ Podría V . sentenciarme como juez ? ¿ Viene V . acaso del sermón ? ¿ Viene V . de confesar ? ¿ Viene V . de oír misa ? ¿ O de dónde viene V . con ese traje ? ¿ De dónde viene V . con esa señora ? ¿ Dónde ha pasado V . la mitad de la noche ? — Con permiso . . . — exclamó la señá Frasquita , poniéndose de pie como empujada por un resorte , y atravesándose arrogantemente entre la Corregidora y su marido . Éste , que iba a hablar , se quedó con la boca abierta al ver que la navarra entraba en fuego . Pero Doña Mercedes se anticipó , y dijo : — Señora , no se fatigue V . en darme a mí explicaciones . . . ¡ Yo no se las pido a V . , ni mucho menos ! — Allí viene quien puede pedírselas a justo título . . . ¡ Entiéndase V . con él ! Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete , y apareció en ella el tío Lucas , vestido de Corregidor de pies a cabeza , y con bastón , guantes y espadín , como si se presentase en las Salas de Cabildo . XXXII . La fe mueve las montañas Tengan Vds . muy buenas noches , — pronunció el recién llegado , quitándose el sombrero de tres picos , y hablando con la boca sumida , como solía D . Eugenio de Zúñiga . En seguida se adelantó por el salón , balanceándose en todos sentidos , y fue a besar la mano de la Corregidora . Todos se quedaron estupefactos . — El parecido del tío Lucas con el verdadero Corregidor era maravilloso . Así es que la servidumbre , y hasta el mismo Sr . Juan López , no pudieron contener una carcajada . D . Eugenio sintió aquel nuevo agravio , y se lanzó sobre el tío Lucas como un basilisco . Pero la señá Frasquita metió el montante , apartando al Corregidor con el brazo de marras , y Su Señoría , en evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio , se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte . — Estaba visto que aquella mujer había nacido para domadora del pobre viejo .
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