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XX ¡ Virgen santa , qué noche pasé ! Antes de acostarme le había dicho a mi tío que si él se encontraba bien y no me necesitaba para alguna cosa , pensaba madrugar y subir a la montaña con Chisco para estirar un poco las piernas y quemar algunos cartuchos , si había ocasión de ello . El pobre hombre , que se recreaba en hacerme agradable o , por lo menos , llevadera la carga de mi destierro , aplaudió con toda su alma mi propósito , ¡ cuándo hubiera dado yo algo bueno porque me le quitara de la cabeza con un par de razones transmisibles « decentemente » a Chisco por mí ! No lo podía remediar : el compromiso adquirido con él para el día siguiente , me inquietaba mucho ; y al verme solo en mi aposento después de dejar en el suyo a mi tío , cuya condescendencia a mis declarados propósitos me había parecido algo como firma de juez al pie de una sentencia de muerte , me inquietó mucho más ; y cuando metido ya en la cama , después de preparado el arsenal que me había recomendado Chisco para la batalla , me quedé a oscuras , la inquietud anduvo rayando con la fiebre . Y yo creo que el caso no era para menos . Dígasele a un hombre de las ciudades , hecho a todas las molicies de una vida regalona : « vas a vértelas mano a mano con una bestia de las más feroces y temibles , en el fondo de una caverna del monte , expuesto a que la fiera no esté sola y necesites defenderte de otra o de otras del mismo linaje » ; y a ver qué carnes se le ponen a ese sujeto , por templado que sea . Cierto que Chisco y su camarada habían de llevar la mayor parte en el empeño brutal , y que ya no eran nuevos para ellos esos lances terribles ; pero al cabo eran dos rudos montañeses con más corazón que entendimiento , sobre todo Pito Salces , que no tenía sentido común ; y vistas las cosas por este lado , había mucho y muy grave que temer , racionalmente pensando . Pues en cuanto me quedé dormido , ¡ qué sueños ! Manadas de osos por todas partes , y osos de todos tamaños y colores ; y por remate de estas visiones , una caverna tremebunda llena de ellos : tres de los más lanudos y graves , sentados en una peña del fondo ; los demás , en apretada masa , ocupando todo el ámbito hasta la boca de entrada , menos un espacio muy reducido entre la primera fila de la masa y los tres animalotes de la peña . En este espacio estaba yo , que era el reo en aquella especie de juicio oral , y aún quedaba junto a la peña y casi enfrente de mí el hueco suficiente para otro oso descomunal que se entretenía en afilar las uñas en un canto gordo del suelo , mientras se pasaba la lengua por los hocicos y me miraba con ojos sanguinolentos balanceando la cabeza . Aquel oso era el verdugo de allí , que esperaba a que los jueces dieran el berrido que me condenaba a muerte , para zamparse una buena ración de mis pedazos y arrojar los restantes a la muchedumbre que ya se había comido a Chisco y a Pito Salces , con escopetas y todo . Bien empleado les estaba , por andarse en guapezas temerarias con aquellos animales que no se habían metido con nosotros . Intentando estaba el último esfuerzo sobrehumano para hacerme entender de aquel fiero tribunal , cuando me arrancaron de las garras del sueño unas cuantas sacudidas de Chisco que acababa de entrar en mi cuarto . Pues con verme así libre de tan angustiosa pesadilla , aún hallé cierta semejanza entre mi despertar y el del reo en capilla por la llegada del verdugo para vestirle la hopa .
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