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XXI Si nos descuidamos un poco , en el monte se queda el sangriento botín de nuestra batalla , porque apenas despellejadas las fieras en el lugar , el sol , como si nada tuviera que hacer ya después de haber alumbrado tantas barbaridades , se envolvió la cara en crespones cenicientos que fueron dilatándose por la bóveda celeste , al impulso de un remusguillo que dio en soplar a media tarde . Arreció mucho el frío y comenzaron a pasar por delante de los cristalejos de mi gabinete unos copitos blancos que danzaban en el aire , como si se resistieran a mancharse con las inmundicias de la tierra . Por si me quedaba alguna duda sobre la naturaleza de aquellos síntomas que me supieron a rejalgar entró Facia muy diligente y hasta risueña , con la disculpa de llevarse mi brasero , que ya estaría muriéndose , para « rescoldarle » un poco , y me dijo , mientras se acurrucaba para cogerle por las dos asas : — Está nevandu , y va a haber temporal de eyu . — Y usted — la respondí con ganas de meterle la cabeza en el rescoldo — , tan alegre como unas pascuas por eso mismo . Pero ¿ qué casta de criatura es usted ? — ¡ Señor — replicó ahogándose de repente con un sollozo — , lo único que sé es que soy una mujer muy desdichá ! Salió llorando , y yo me quedé con remordimientos de haber despertado en ella aquel dolor con la sequedad de mi pregunta . Después acabé de amurriarme , viendo desde un cuarterón de la solana cómo iban espesando los copos y desapareciendo todos los montes entre las espesas veladuras que bajaban del cielo . ¡ Otro temporal en perspectiva y otra encerrona como la pasada ! Cuando volvió Facia con el brasero chisporroteando , entró mi tío detrás de ella . Iba a hablar conmigo de la nevada que estaba encima . Le apenaba , primeramente , por mí , que volvería a hallar eternas las horas , Dios sabía por cuánto tiempo , entre los paredones de la casa ; porque las nevadas que venían de repente como aquélla , y a traición , lo mismo podían ser pasajeras que durables ; y en segundo lugar , ¿ para qué había de ocultármelo ? el mucho frío le calaba más « jondo » de lo que él pensaba con los buenos ánimos que tenía para resistirle . . . Pero « el hueso , el pícaro hueso envejecido como el suyo , era tierra pura , ¡ tierra pura y mala que se reblandecía y desborregaba en cuanto le faltaban las lumbraducas de sol ! » . Otra cosa : todos los años se sacaba la nieve en los puertos su correspondiente ración de carne viva ; y siempre que vio nevar por primera vez en cada invierno , se preguntó a sí mismo : ¿ a qué infeliz le tocará este año la suerte ? Porque nunca faltó , de una banda o de la otra quien , por descuido , por desgracia o por necesidad , se viera cogido y sepultado en la montaña por una cellerisca de nieve ; y eso que no se le regateaban los socorros , sin miedo a los ejemplos de muchos que allá se habían quedado con los socorridos , envueltos en una misma mortaja . Siempre le apenaron a él estas reflexiones , hechas sobre recuerdos de desgracias que le dolieron en lo más vivo ; « ¡ pero ahora , ¡ cuartajo ! , desde que soy lo que soy y he visto caer el primer trapo de nieve ! . . . Ná , hombre , ná , chocheces de viejo apolillao hasta los tuétanos . . . ¡ Pues mira que te vengo con buenas coplas para una ocasión como ésta ! . . . ¿ Has visto hombre más simple que tu tío Celso ? ¡ Pispajo con la rociná de los demonios ! » .
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