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X Tropiezo con un grave escollo . Cuando se hubieron pasado los primeros momentos de sorpresa y de cólera y , ya en la calle , pude reflexionar , caí en un profundo abatimiento . Creí que todo había venido al suelo , todo lo que constituía mi felicidad . La intención del malagueño no podía ocultárseme . Lo que seguiría después de doña Tula y el bendito señor se enterasen de mi intriga podía sospecharlo . Maldije la hora en que había conocido a aquel antipático sujeto , y le deseé de todas veras la muerte . Hecho lo cual , me dije con heroica decisión que yo no renunciaría por él ni por todos los malagueños diseminados por el globo al amor de Gloria y que nos veríamos las caras . Sin embargo , el horizonte se presentaba muy oscuro , había que reconocerlo . Era menester comenzar de nuevo y urdir otras intrigas . Se urdirían . ¡ Vaya si se urdirían ! Pero ¿ cómo empezar , si cortaban toda clase de relaciones entre Gloria y yo y se la llevaban a otro sitio , a un convento quizá ? Pues la seguiría adondequiera que fuese y armaría un tejido tal de invenciones , que concluyesen por marearlos y hacerles ceder . Ceder , ¡ ay ! Si no estuviesen los cien mil pesos de Gloria por el medio , ya lo creo que cederían . « Pues yo no renuncio tampoco a ellos , aunque me hagan tajadas — dije con energía , entre dientes — . Podría renunciar si no se tratase más que de mí , y aun , si se quiere , de ella , pero hay que tener presente que mañana tendremos hijos , y que yo no puedo , en conciencia , despojarlos de lo que es suyo . » Pensando en estos hijos nonatos , despojados sin culpa del haber materno , me enternecí . Pasé aquel día en un estado de fuerte excitación , ideando mil monstruosidades y majaderías . Por la noche , al llegar las once , a sabiendas de que Gloria no podía estar en la reja , las piernas me llevaron a la calle de Argote de Molina . Calcúlese mi sorpresa y alegría cuando al pasar por delante de la casa vi la ventana abierta y percibí , como todas las noches , blanquear la figura indecisa de mi adorado sueño . Acerqueme con precaución , temiendo una emboscada ; pero en seguida me convencí , al escuchar su voz , de que eran infundados mis temores . Me saludó muy enfadada , llamándome chinchoso , feo , ente , fatuo . . . , ¡ gallego ! Este era siempre el último insulto y el que , en su opinión , resumía y compendiaba todos los demás . La razón de aquella granizada de denuestos : que hacía diez minutos largos que eran sonadas las once y que esperaba . Quedé estupefacto . — Pero , chica , ¿ no sabes ? — ¿ Qué ? . . . Quise contarle el encuentro que había tenido por la mañana . — Toíto lo sé ; no me cuentes . . . ¿ Y qué hay con eso ? — Pensé que tu mamá y don Oscar , al saber el engaño , te regañarían . . .
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