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En el tren , Ana miró a su marido . Don Víctor leía tranquilamente un drama de Calderón , con una gorra de seda en la cabeza . Era un drama sobre los celos . Ana pensó : « Ya estoy casada . Ahora es un crimen pensar en otros hombres . Todo ha terminado sin haber empezado » . Vivieron unos años en otras ciudades , porque don Víctor era juez . Después él dejó el trabajo , y volvieron a Vetusta . Las tías ya habían muerto . Ana heredó el caserón de los Ozores , y allí se quedaron a vivir . Don Víctor era feliz . Por las mañanas cuidaba sus pájaros y sus plantas . Inventaba máquinas para cazar zorros , que nunca funcionaban . Por las tardes leía a Calderón en voz alta , y le gustaban sobre todo los duelos de honor . Y muchos días salía de caza con Frígilis . Ana se aburría . Los días eran todos iguales . Llovía mucho en Vetusta , y la ciudad le parecía una cárcel . Las señoras hablaban solo de vestidos y de los pecados de los demás . Ana iba a misa , hacía visitas y volvía a casa . Por las noches tenía ataques de nervios . Lloraba sin saber por qué . Petra , su criada , era una muchacha rubia , joven y muy lista . Lo veía todo y lo escuchaba todo . Y nunca decía lo que pensaba . IV . El nuevo confesor Al día siguiente , muy temprano , Ana fue a la catedral . Llevaba un vestido negro y un velo . La capilla de don Fermín estaba oscura y fría . Ana se arrodilló delante del confesonario , junto a la reja de madera . Al principio le costaba hablar . Pero la voz del Magistral era suave y amable . No le hablaba del infierno , como los otros curas . Le hablaba de paz , de belleza y de luz . « La virtud no tiene que ser triste , hija mía » , le dijo . « Dios no quiere que usted sufra . Quiere que viva con alegría » . Ana le contó muchas cosas de su vida . Le habló de su soledad , de sus nervios , de sus sueños . No le habló de don Álvaro . Pensó que no era necesario . Cuando salió de la catedral , Ana se sentía ligera , casi feliz . Era la primera vez que un cura la entendía . « Este hombre sabe ver el alma » , pensó . Don Fermín también salió contento . La Regenta no era como las otras damas de Vetusta . Era inteligente , sensible , distinta . Él quería ser su guía . Quería salvar aquella alma hermosa . Eso se decía a sí mismo . Aquella mañana , en su despacho , don Fermín no pudo trabajar . Abría un libro y lo cerraba . Recordaba la voz de Ana detrás de la reja , baja y temblorosa . Él había confesado a cientos de mujeres de Vetusta . Todas le contaban pequeños pecados y pequeños chismes . Ana era otra cosa . Nunca una mujer le había hablado con tanta verdad . « Con ella puedo hacer algo grande » , pensó . « Puedo hacer una santa » . Y no quiso pensar en nada más . Por la tarde , Ana quiso dar un paseo . Llamó a Petra . « Vamos a salir las dos solas » , le dijo . « Vamos por los prados , hasta el campo » . « Pero , señorita , los prados estarán mojados » , dijo Petra .
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