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A lo largo de los siglos , la narrativa predominante en la biología occidental y la concepción filosófica de la identidad humana han estado intrínsecamente ligadas a una visión marcadamente antropocéntrica e individualista . Nos hemos percibido a nosotros mismos como entidades biológicas discretas , autónomas y herméticamente selladas , cuyos límites anatómicos y existenciales estaban delineados de manera inequívoca por la barrera protectora de nuestra epidermis . Sin embargo , en las últimas dos décadas , una avalancha de descubrimientos científicos propiciados por los avances vertiginosos en las tecnologías de secuenciación genómica de alto rendimiento ha demolido de forma implacable esta noción solipsista , obligándonos a reconceptualizar radicalmente la ontología misma de lo que significa ser humano . En la actualidad , la vanguardia de la biomedicina ha establecido , sin asomo de duda , que el cuerpo humano no es una fortaleza estéril ni un organismo solitario , sino más bien un superorganismo de una complejidad sobrecogedora , un holobionte bullente de vida . Albergamos en nuestra piel , en nuestras mucosas y , de manera preeminente , en las sinuosidades recónditas de nuestro tracto gastrointestinal , un ecosistema vasto , intrincado e invisible a simple vista : el microbioma humano . Esta miríada insondable de microorganismos — que abarca un espectro taxonómico deslumbrante compuesto por bacterias , arqueas , hongos , protozoos y una vasta cohorte de fagos y virus — cohabita con nosotros en una danza simbiótica que ha sido coreografiada a lo largo de millones de años de coevolución incesante . Para asimilar la magnitud de esta metrópolis microbiana , basta con recurrir a la asombrosa estadística que subraya la futilidad de nuestra presunción de autonomía celular : las estimaciones más rigurosas sugieren que , por cada célula eucariota portadora de nuestro propio ADN humano , albergamos al menos una célula microbiana en nuestro organismo . Más sobrecogedor aún resulta el panorama cuando desviamos nuestra atención hacia el ámbito genético ; la suma total de los genes codificados en el microbioma — el denominado metagenoma — supera con creces el número de genes de nuestro propio genoma humano en una proporción que roza el asombroso cien a uno . A la luz de estas cifras abrumadoras , resulta imperativo plantearnos una interrogante profundamente perturbadora e inevitable : ¿ somos nosotros los anfitriones benevolentes que cobijan a estos microscópicos polizones , o somos , acaso , meros vehículos de transporte y hábitats sofisticados , subyugados al imperativo evolutivo de este insondable consorcio bacteriano ? Lejos de ser comensales pasivos o meros espectadores en el teatro de nuestra biología , los microorganismos que conforman nuestra microbiota intestinal , en particular , desempeñan roles fisiológicos y metabólicos absolutamente irremplazables , hasta el punto de que nuestra supervivencia y bienestar están inextricablemente entrelazados con su proliferación y diversidad . Estos infatigables obreros microscópicos actúan como una inmensa planta química y farmacéutica endógena ; descomponen carbohidratos complejos y fibras dietéticas que nuestras propias enzimas digestivas son incapaces de procesar , sintetizan vitaminas esenciales como la vitamina K y diversas vitaminas del complejo B , y contribuyen activamente a la modulación y el entrenamiento continuo de nuestro sistema inmunológico , enseñándole a discernir con sagacidad entre patógenos hostiles y antígenos benignos .
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