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I . El conde Lucanor y su consejero Patronio Hace casi setecientos años vivía en Castilla un gran señor llamado don Juan Manuel . Era sobrino de un rey , tenía muchas tierras y castillos , y había pasado media vida entre guerras y pleitos . Sin embargo , también le gustaban mucho los libros , y en sus ratos tranquilos escribía . Escribió libros sobre la caza , sobre los caballeros y sobre el gobierno de los estados . Los guardaba en un monasterio que él mismo había fundado en Peñafiel . Un día decidió escribir un libro diferente . No quería escribirlo en latín , como los sabios de su tiempo . Lo escribió en la lengua que hablaba la gente en la calle . Lo hizo así porque pensaba en los lectores que no habían estudiado mucho . Él mismo decía , con modestia , que tampoco era muy sabio . En el principio del libro explicó su idea con un ejemplo . Dios ha hecho muchas cosas maravillosas , decía , y una de las más extrañas es esta . Entre todas las personas del mundo no hay dos que tengan la misma cara . Todos tenemos ojos , nariz y boca , y aun así ninguna cara se parece del todo a otra . Si una cosa tan pequeña es tan distinta , no es raro que también lo sean los deseos de cada uno . Hay , sin embargo , una cosa en la que todos nos parecemos . Todos aprendemos mejor aquello que nos gusta . Por eso , quien quiere enseñar algo a otra persona tiene que buscar la manera de enseñárselo con gusto . A mucha gente las ideas difíciles no le entran en la cabeza . Por eso deja los libros serios sin leer . Don Juan Manuel recordaba entonces lo que hacen los médicos . Cuando tienen que dar una medicina para el hígado , la mezclan con azúcar o con miel . Lo hacen porque al hígado le gustan las cosas dulces . Y mientras el enfermo toma lo dulce , toma también la medicina que lo va a curar . Del mismo modo , dijo don Juan , él iba a poner sus buenos consejos dentro de historias agradables . Así , aunque alguien leyera el libro solo por diversión , se llevaría también , casi sin darse cuenta , lo que le podía aprovechar . Para eso imaginó a dos personajes . Uno era un gran señor , el conde Lucanor , que tenía tierras , vasallos y muchas preocupaciones . El otro era su consejero , un hombre viejo y prudente que se llamaba Patronio . El conde confiaba en él más que en nadie . Cada vez que el conde tenía una duda , llamaba a Patronio y le contaba su problema . A veces un vecino le proponía un negocio que parecía demasiado bueno . Otras veces un amigo le pedía ayuda y el conde no sabía si debía dársela . O simplemente quería saber cómo debía vivir un hombre bueno y sensato . Patronio casi nunca le contestaba con una orden . Primero escuchaba con atención . Luego decía algo así : « Señor conde , me gustaría que supiera lo que le sucedió a un hombre … » . Entonces le contaba una historia . Algunas trataban de reyes y de sabios , otras de campesinos o de animales del campo . Al final , Patronio explicaba qué relación tenía la historia con el problema del conde y qué debía hacer .
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