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I Como en todos los días de corrida , Juan Gallardo almorzó temprano . Un pedazo de carne asada fue su único plato . Vino , ni probarlo : la botella permaneció intacta ante él . Había que conservarse sereno . Bebió dos tazas de café negro y espeso , y encendió un cigarro enorme , quedando con los codos en la mesa y la mandíbula apoyada en las manos , mirando con ojos soñolientos a los huéspedes que poco a poco ocupaban el comedor . Hacía algunos años , desde que le dieron « la alternativa » en la Plaza de Toros de Madrid , que venía a alojarse en el mismo hotel de la calle de Alcalá , donde los dueños le trataban como si fuese de la familia , y mozos de comedor , porteros , pinches de cocina y viejas camareras le adoraban como una gloria del establecimiento . Allí también había permanecido muchos días — envuelto en trapos , en un ambiente denso cargado de olor de yodoformo y humo de cigarros — a consecuencia de dos cogidas ; pero este mal recuerdo no le impresionaba . En sus supersticiones de meridional sometido a continuos peligros , pensaba que este hotel era « de buena sombra » y nada malo le ocurriría en él . Percances del oficio ; rasgones en el traje o en la carne ; pero nada de caer para siempre , como habían caído otros camaradas , cuyo recuerdo turbaba sus mejores horas . Gustaba en los días de corrida , después del temprano almuerzo , de quedarse en el comedor contemplando el movimiento de viajeros : gentes extranjeras o de lejanas provincias , rostros indiferentes que pasaban junto a él sin mirarle y luego volvíanse curiosos al saber por los criados que aquel buen mozo de cara afeitada y ojos negros , vestido como un señorito , era Juan Gallardo , al que todos llamaban familiarmente el Gallardo , famoso matador de toros . En este ambiente de curiosidad distraía la penosa espera hasta la hora de ir a la plaza . ¡ Qué tiempo tan largo ! Estas horas de incertidumbre , en las que vagos temores parecían emerger del fondo de su ánimo , haciéndole dudar de sí mismo , eran las más amargas de la profesión . No quería salir a la calle , pensando en las fatigas de la corrida y en la precisión de mantenerse descansado y ágil ; no podía entretenerse en la mesa , por la necesidad de comer pronto y poco para llegar a la plaza sin las pesadeces de la digestión . Permanecía en la cabecera de la mesa con la cara entre las manos y una nube de perfumado humo ante los ojos , girando éstos de vez en cuando con cierta fatuidad para mirar a algunas señoras que contemplaban con interés al famoso torero . Su orgullo de ídolo de las muchedumbres creía adivinar elogios y halagos en estas miradas . Le encontraban guapo y elegante . Y olvidando sus preocupaciones , con el instinto de todo hombre acostumbrado a adoptar una postura soberbia ante el público , erguíase , sacudía con las uñas la ceniza del cigarro caída sobre sus mangas y arreglábase la sortija que llenaba toda la falange de uno de sus dedos , con un brillante enorme envuelto en nimbo de colores , cual si ardiesen con mágica combustión sus claras entrañas de gota de agua .
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